Ni la lógica ni los sermones convencen,
La humedad de la noche penetra con más intensidad.
(Sólo lo que por sí mismo es evidente a cualquier hombre o
Cualquier mujer), es así.
Sólo es así lo que nadie niega
Walt Whitman / Song of myself
Día “lagañoso”, dice doña Toni, cuando voltea a ver el cielo pachuqueño en esta mañana sin retorno. Ha comenzado diciembre desde hace unos días y “no pinta color”, vuelve a declarar en su jerga doña Toni, convencida de que “estos tiempos de Dios” son muy extraños. Pero hoy no coincido con mi casera, por más lagañoso que esté el día, por más nublado que aparezca el horizonte. Hoy, parece, es una de esas jornadas que se recuerdan siempre.
Una combi, tal vez dos para cruzar la ciudad de cabo a rabo. Eso es Pachuca, todavía. Con sus tramos de alebrije y sus tramos de laberinto, pero todavía se puede cruzar la ciudad con solo cuatro pesos y cincuenta centavos. Cuatro cincuenta, es el precio para poder estar en la reunión anual del trabajo. Cinco monedas para estar en una familia que se esfuerza día con día por llevar a la calle, aquello que cambia nuestra percepción de las cosas y aquello que cambia radicalmente la ciudad.
Y en el trayecto, los baches de siempre, los cuellos de botella donde los dejamos el último día (no importa cuántos pasos a desnivel, cuantos distribuidores centenarios, cuantos remozamientos –que duran a penas lo necesario para que salga del poder el responsable– porque apenas se va uno, llega otro), los mismos vendedores ambulantes, los mismos comercios semivacíos de la ciudad (¿dónde están todos los empleos generados?). Es decir, esta ciudad que parece no moverse, que parece tan quieta de pronto, es una cauda sin igual de constante transformación. Apenas volteamos, un comercio más que durará apenas un parpadeo; un grito y de pronto, ya está un nuevo vendedor de cocoles o de dulces o de cigarros sueltos (por más que se esfuerce el gobierno en que eso no suceda).
Pero se llega a tiempo, que en estos tiempos de embotellamiento cotidiano ya es mucho. Se llega de la ciudad a la ciudad para estar ahí, en casa. Se llega al lugar donde escribir es posible, donde estar es placentero. Se llega a ver a la gente, a las personas que con su entusiasmo, con su fuerza, han posible que la palabra impresa tenga esa magia que sigue despertando el papel que muchos tirarán más tarde y que otros, muy pocos, guardarán como cosa buena.
Ser parte de una comunidad tan preclara, es de pronto un compromiso muy grande. Exige de ti, ese tipo de actividad que suelen llamar “cultura” o “intelectualismo” o “información oportuna”. Así, se tiene que leer por kilos o metros (como guste visualizar el material) y se precisa cierto espíritu de desapego por la comodidad del trabajo de panta, ese donde se sabe de antemano a qué hora se llega y a que hora se sale; qué trabajo se hace en cuánto tiempo y a qué precio.
En esta familia de gente de letras, de gente que comunica, eso no es posible. Se acaba “hasta que se acaba” y aún así, de repente no se acaba cuando dicen los demás que se acaba.
“Pasen, pasen… subiendo por las escaleras…”
Y ahí están todos: redactores, reporteros, editores, diseñadores, los grandes jefes y los grandes trabajadores. Todos con la vista puesta en las escaleras de acceso.
“Mira, aquí está fulanita… te presento a…”
Sonrisas y pláticas donde las palabras que en otro contexto suenan a dominguera, salen al paso como la cotidiana muletilla de un adolescente.
Pero todo es rápido. Más rápido de lo que se quisiera. Porque hay que escribir, hay que cubrir los incendios, las declaraciones de los políticos, de los no políticos, los asesinatos, los desaparecidos, los asaltos, las balaceras por los territorios, los futbolistas tuzos y los deportistas de todos lados. Las funciones de cine, los chismes de las estrellitas de moda… todo. Porque todo cabe en un jarrito… reza el dicho.
Y más rápido que el lleno total, la casa de nuevo pareciera una jaula de locos porque el trabajo es así de demandante. Son ellos, los de esta casa, unos héroes a los que pocos reconocimientos les llegan. En lo que vale y para lo que sirva, el mío a esta gran casa editorial que hace posible el diario en el que tengo el honor de escribir.
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