sábado 27 de diciembre de 2008

L@s guadalupes

              […] Consuelo, la mujer que volverá a abrazarte cuando la luna pase, tea tapada por las nubes, los oculte a ambos, se lleve en el aire, por algún tiempo, la memoria de la juventud, la memoria encarnada.

              Carlos Fuentes / Aura

Muy lejos, escondido de todas y todos, ha quedado aquel sermón de Fray Servando Teresa de Mier en la Basílica de Guadalupe de la ciudad de México (la Nueva España americana) que incendió los humores y disparó los ánimos de cuantos lo escucharon y de quienes, al correr de los años, lo leyeron. Blasfemo, mercachifle, charlatán, fueron los apelativos más suaves que le endilgaron al dominico, en ese afán de la jerarquía católica por desaparecer a todo lo que no se ajusta a su canon.

José Servando de Santa Teresa Mier, hizo pública una teoría que venía masticando desde hacía tiempo: un cristianismo “distorsionado” había pervivido en los habitantes del nuevo continente. Quetzalcoatl sería uno de los apóstoles y habría profetizado que llegarían más como él (esto ya era muy arriesgado y audaz en sí mismo) y les permitirían vivir conforme a la enseñanza del único y verdadero dios. En esta misma tónica, Servando decía que la guadalupana era aquella que los indígenas llamaban Tonantzin (que ahora nos dicen los expertos que “disfrazaron” a ésta para poder seguir adorándola en sus nuevos ropajes europeos) y que era por eso que la madre del creador habíase aparecido al indígena Juan Diego.

Rasgaduras, gritos, sombrerazos, anatemas, defenestración. Todo para aquel fraile que intentaba una explicación “más científica” del milagro del Tepeyac.

Como es lógico, los ecos de ese sermón se escucharon por todos los territorios de la corona española. Y también, como sucede con las historias que mellan la conciencia histórica de los pueblos, la teoría del dominico permeó más de lo que hubieran querido los españoles y los criollos en el poder. Más pronto que tarde, Guadalupe era casi un sinónimo de Tonantzin y Tonantzin, como es de suponerse, representaba una fuente de identificación para los pueblos sometidos a la corona ultramariana que dictaba destinos, muertes y vida sin haber nunca puesto un ojo en este lado del hemisferio.

Y algo cierto debería de haber en las palabras del regiomontano Mier, porque desde que siempre, desde que hizo irrupción en la tilma del nahua Juan Diego, la guadalupana restituyó fe, esperanza y confianza en millones de mexicanos y con el correr de los años, en millones de latinoamericanos. Incluso un papa se declararía devoto suyo (y no a la española, como sería de suponer).

Tanto peso adquirió la figura y el simbolismo de Guadalupe, que las basílicas dedicadas a su culto surgieron rápidamente a lo largo y ancho del territorio nacional y congregaron a decenas de miles de devotos que no podían ir hasta las faldas del Tepeyac, allá, en el valle de México.

Así, hoy lo puede ver cualquiera en el atrio de la llamada “villita” de Pachuca. Hombres corpulentos, recios, con un cuadro de proporciones descomunales a la espalda, de rodillas (rodillas “pelonas”, but of course, para que “valga más”) sangrantes y ojos rasados de lágrimas, implorando favores, agradeciendo intercesiones.

Si algo atrae ahora (como hace siglos Tonantzin) Guadalupe, es la presencia masculina que se arrodilla, se humilla y se dirige suplicante a la gran mujer que se destaca al fondo del templo católico. Revancha femenina o reconocimiento de superioridad, los guadalupes no tienen empacho en mostrar su hombría con lágrimas amargas (algo que ni con un brazo cortado podrían hacer en otra parte), con cantos entusiastas y plegarias suplicantes.

Guadalupe o el convencimiento de la fundamental feminidad del mundo.

Guadalupe o la revancha velada contra el machismo radical.

Doce de diciembre de todos los años: el espectáculo de la fe o la constancia de lo inagotable que puede ser la esperanza.

Diciembre guadalupano y navideño: la casa por la ventana de todos los pobres y las casas rebosantes de comerciantes. L@s guadalupes o las causas fortuitas de la dominación. Dilemas que muchos, incluyendo al célebre tránsfuga Servando (tránsfuga a fuerza de persecución y no por interés propio, como existen muchos hoy en día), trataron de resolver de la mejor manera en su tiempo, en su espacio y en concordancia con sus particulares circunstancias.

Guadalupes por todos lados: los religiosos, los comerciantes y los políticos. No importa el caos (ese siempre ha existido), porque ya se sabe, a río revuelto…

Lo que importa es “respetar” y “fomentar” la tradición, que deja ganancias espirituales y sobre todo, monetarias.

Diciembre de negros presagios, de malos augurios. Pero no importa, a reventar plazas y calles, a reventar el bolsillo con limosnas, ofrendas y presentes, que para eso se chinga uno todo el año, para que las ganancias de los mismos de siempre: de dios y del diablo.
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