I like to move it move it
He like to move it move it
She like to move it move it
You like to, move it!
I like... Oh i did i have i done i? Did i do i like?
I think i did i like... ¿We? ¿What about we? ¿They? ¿They? I did they...
Sacha Baron Cohen / I Like To Move It.
Días de asueto para un gran número de personas, las dos últimas semanas de diciembre, son de quietud para la ciudad. Las calles amaneces desiertas. Sólo las aves (las que vuelan libres y las que pasarán su vida tras las rejas), rompen constantemente la calma bucólica (sin el acento peyorativo que utilizan los “citadinos” de todos lados) que reina en las calles de La Novia del Viento.
Una señora y su hija, platican alegremente sobre los saldos de la navidad y las promesas del año nuevo, con una alegría inusitada. Caminan empujando con un gran carrito del que penden frituras, dulces, algunas frutas y algunos juguetes simples. Se encaminan hacia algún parque cercano o hacia algún paradero de camiones. Para ellas, evidentemente, no ha habido vacaciones, pero el semblante refleja no sólo diversión, sino gracia y donaire.
Más allá, un viejo (sombrero tejido, barba blanca con los evidentes signos del tabaco; su pantalón de mezclilla, peto abotonado, zapatos de uso rudo y manos curtidas por el trabajo del campo) viejo de ciudad que nunca ha dejado de ser hombre de la tierra sale al sol con un banquito en el que se sienta y comienza su diario mirar la calle, en busca de un asombro (que por otro lado, abundan en nuestras calles) y el día lo recompensa muy pronto: un perro enorme, negro lustroso, de pisada fuerte y cara bonachona, llega corriendo a donde está el viejo y le hunde la cabeza en su regazo. Después le exige (o al menos eso parece por el gesto que busca la mano del hombre), una caricia: cuando la encuentra, se echa apacible al lado del hombre, que sólo vuelve a darle de vez en cuando una palmada en la cabeza.
“¡Ma! ¿Luego me compras unos chicharrones?”
La voz del niño resuena fuerte entre las casas del barrio. Viene con su madre y sus dos hermanos (uno en brazos de su madre, mira divertido y curioso todos los rincones de la calle. Está en esa edad en la que toda mirada es una pregunta.
“Sí, hijo, sí…”
La respuesta de la madre es más un reflejo, un automatismo. Tal vez vienen de la iglesia, porque las nueve de la mañana de un domingo no es la hora más correcta para el paseo con los hijos, que sin embargo, para ellos resulta sí, un paseo fugaz y melancólico.
Más lejos, unos novios vienen caminando tranquilamente, embelesados, a punto de sucumbir a ese sopor inocuo del enamoramiento. Sonríen y se dicen de esas palabritas de pastel que todos hemos utilizado por lo menos una vez en la vida (los más afortunados las utilizan a diario), tomados de la mano.
“¿¡Esa es Josefina!?”
“¡Diablos! Sí, es la hermana de… ¿es la hermana de José Luis?”
“¿No estaba con?... ¡Sí!”
“Sí”
“…Y ya estaban comprometidos…”
Una mujer, tal vez su esposa, ha llegado con su banquito donde se encuentra el viejo y el perro a su lado. Han visto pasar a los novios y se han escandalizado. Es de esas pequeñas cosas de las que viven, ahora que ya no pueden salir mucho de su casa, de su barrio.
“Vieja…”
“Eh…”
“¿No quieres ir a dar una vuelta?”
La señora sólo asiente y se deja tomar de la mano. Se levantan los dos y comienzan a caminar. El perro enorme que está junto a ellos, se levanta y camina justo detrás de la pareja. Se me pierden al dar la vuelta a la esquina. Yo sigo en mi puesto de observación, grabando, escribiendo.
Después de media hora, la pareja ha regresado. Se sienta él y ella entra a la casa. El perro busca de nuevo una caricia y la encuentra. Vuelve después con dos tazas y le ofrece una a su esposo.
Se sienta después con una sonrisa en los labios.
“Estuvo bien la vuelta, ¿verdad?”
El viejo asiente, también, con una sonrisa.![Reblog this post [with Zemanta]](http://img.zemanta.com/reblog_e.png?x-id=85dce773-d1b8-4df5-96ca-77a2c0c292c8)
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